sábado, 11 de febrero de 2012

Iracunda

Tus palabras
no llegan:
rondan.
Se repiten
como algo que no se resuelve,
como si hablar
fuera otra forma
de herirte.
Durante años
fuiste firme.
No por fuerza,
sino por costumbre.
Nada te tocaba.
O eso parecía.
El amor
pasó por ti
sin quedarse.
Apenas un soplo,
apenas un rastro
de hojas secas
arrastradas sin rumbo.
Ahora queda esto:
calles abiertas
como heridas,
mirando hacia un cielo
que ya no responde.
Tanta forma,
tanto fondo,
y al final
la misma grieta.
La ira
terminó por alcanzarte.
No de golpe,
sino lento,
desde adentro.
Y lo que fuiste
comienza a ceder.
Pero el fuego
no solo destruye.
También limpia.
Arrasa lo muerto,
lo deja expuesto
Y en ese vacío
—si resistes—
algo puede volver
a comenzar

viernes, 10 de febrero de 2012

Habitante

Otra vez
te metes en mí
sin pedir permiso.
No llegas,
te infiltras.
Te adhieres
como si siempre hubieras estado ahí,
esperando.
Y te hablo —
porque entre tú y yo
no existen filtros—
nos conocemos demasiado.
Lo que digo de ti
regresa,
rebota en mi propia cabeza,
y tú,
como siempre,
no escuchas.
Nunca escuchas.
O finges no hacerlo.
Eres hábil,
persistente,
cómoda en tu lugar:
intocable,
ligera,
inalcanzable.
Yo, en cambio,
cargo con ambos.
Anoche
volviste.
No hiciste ruido.
Tu presencia se deslizó
entre el insomnio
y el cansancio.
Te reconocí
sin verte.
Ese frío tuyo
no engaña.
Te metiste bajo las sábanas
como si fueran tuyas.
Hice que dormía.
Pero sabes —
lo sabías—
que estaba despierto.
Siempre lo estoy
cuando vienes.
Te acercaste
lo suficiente
para que no hubiera duda.
Y dijiste mi nombre
como si fuera inevitable.
No respondí.
Esta vez no.
Pero no porque pudiera evitarte.
Sino porque ya conozco
ese juego.
Eres la grieta
entre lo que quiero
y lo que cedo.
Y aún así,
nos parecemos demasiado.
Nos gustan las mismas caídas.
Los mismos excesos.
La misma forma
de no detenernos.
Tal vez por eso
sigues aquí.
O tal vez
porque aún no he aprendido
a vivir sin ti.
Pero algo cambió.
No en ti.
En mí.
Ya no te necesito
para sostenerme.
Ni para explicarme.
Ni para resistir.
Fuiste compañía,
sí.
Incluso refugio
cuando no había nada más.
Pero hoy pesas.
Más que antes.
Y eso basta.
No te expulso.
Aún no.
Pero te nombro distinto.
Y eso es un inicio.
Porque sé
que aunque te alejes,
seguirás rondando,
como aire que no se ve
pero se respira.
Y aun así,
aun sabiendo eso,
no te odio.
No podría.
Porque incluso ahora,
jodida como eres,
aún me haces sonreír.

jueves, 9 de febrero de 2012

Carretera

Carretera

Inmensa,
te extiendes
en verdes, ocres, sepias,
como si el paisaje
respirara en tu piel.
Te cubres de caminos vivos,
de polvo y viento,
de curvas que se abren
sin prisa.
Eres tierra
y también cuerpo.
Tus lomas,
suaves,
se levantan
como promesa.
Tus cumbres
marcan el horizonte
al que avanzo
sin conocerlo del todo.
En tus orillas
los recuerdos aparecen,
viejos,
difusos,
como miradas
que no regresan.
Y al fondo,
los atardeceres
arden en rojo
hasta deshacerse.
Carretera,
hay algo en ti
que no se nombra,
pero guía.
Algo que atrae,
que envuelve,
que permanece.
Y mientras avanzo,
el aire cambia,
se vuelve fresco,
casi íntimo.
Como si el día
al tocarte
aprendiera
a quedarse.

En algún lugar de Sonora, Mex.

La tarde triste

Ven,
vayamos juntos
de la mano.
La tarde comienza a rendirse, 
se inclina sobre el campo
como quien no quiere irse.
Mira cómo la luz
se derrama entre la hierba,
cómo se queda un instante
en las hojas,
en el lomo tibio del viento
Hasta consumirse
Ven,
no digas nada.
Escuchemos
el rumor leve del día
que se despide
sin prisa.
El horizonte se enciende,
luego se apaga
como brasa tranquila
entre la bruma.
Caminemos.
El prado guarda
el paso de las horas,
y algo en nosotros
aprende a quedarse.
La tarde
no duele aquí.
Solo se recuesta
sobre la tierra
y descansa.
Y nosotros,
sin buscarlo,
nos volvemos parte
de su silencio
Cuando todo se apaga

domingo, 5 de febrero de 2012

Prejuicio


Júzgame perra vida
Con tus profetas hipócritas
Que ahora gritan mi nombre
Y el suyo
Con manos eruditas
Clávame el pecho dos veces
Cortándome con el filo agudo de tu moral mezquina
De rectitud y poses
que fingen todos ellos
En su vida de farsa y quimeras

Arroja mis despojos al suelo que lames
Y siembra sobre ellos la hiedra de los falsos
Gozos de tu incurable frustración
Cobardes son todos de cristalizar sus sueños
ante sus ojos necios
Sin pretender siquiera imaginarlos

Nosotros, nosotros los respiramos,
los acariciamos tiernamente
Nos los bebemos a sorbos
Para inmortalizarlos
Para consagrarnos
Con nuestra propia sangre
Que renueva de vida nuestras venas

Júzgame salvajemente
Con la saña de tu contemplación
Que como perros hambrientos
Rasgarán la carroña de lo que ansían
Tus agravios serán en vano
Y mi lástima será tu reflejo

Júzgame perra vida
Que yo ofrezco la mía
Por un minuto de su compañía.

Insomnio

Me rindo.
No hay otra forma.
Te cedo el sueño
antes de que lo tomes.
No hablas,
pero tu silencio
trabaja.
Avanza lento,
abre surcos
donde creía haber olvidado.
Y ahí,
en esa oscuridad espesa,
mi voluntad
empieza a ceder.
Intento sostenerme,
pero no hay dónde.
Todo lo que intento
se deshace
antes de llegar a ser.
Y entonces entiendo:
no es una lucha.
Es desgaste.
Tú no atacas.
Permaneces.
Y eso basta.
Cada noche
vuelves
sin moverte.

Me Olvido

¿Dónde muere el olvido?
¿En la distancia,
o en lo que aún permanece?
Intento olvidarte
y termino
olvidando otras cosas:
el aire,
la hora,
mi propio pulso.
Hay días
en que olvido vivir,
y eso basta
para sentir que algo
ya terminó.
La brisa llega
y no la nombro.
El mar se mueve
y no me alcanza.
Todo se aleja
como si supiera
tu nombre.
Y entonces
no es tu ausencia
lo que pesa,
sino esta forma
de seguir aquí
sin saber cómo.
Podría acostumbrarme.
Podría dejar de insistir.
Pero hay algo
—mínimo,
terco—
que se niega.
Porque no duele
que te vayas.
Duele
que empieces
a no estar.
No me dejes así.
No me borres
de esa manera. 
Muero por tu azoro
Moriría por tu indiferencia 
Al menos, 
Pero no me mates de olvido...

2011 

martes, 20 de diciembre de 2011

Luna creciente

Luna clara, hoy
tu mirada no alcanza.
Algo se queda fuera.
Y en eso
crece esta ansiedad.
Que no pide calma.
Pide acercarse.
Beber lo que ocultas.
Lo que guardas
cuando no me miras.
Tus ojos
no mienten del todo.
Pero caen.
Se desvanecen.
Y dejan ver
lo que intentas cubrir.
Eso que nos separa.
Eso que ya no decimos.
Entre nosotros
queda poco.
Y se nota.
Aunque no lo nombres.
Luna clara, 
lo sabes.
Esta distancia
no es grande.
Pero pesada.
Y se instala.
Mi soledad
te busca ahí.
En lo que no dices.
En lo que no das.
En esta noche
quieta.
Pero incompleta.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Minutos

Minuto a minuto
Cada minuto es tuyo.
Así—
mi cómplice eres, tiempo.
Y también
mi verdugo.
Amarte no ocurre en el tiempo.
Ocurre
contra él.
Con el corazón en yugo,
apretando cada instante
hasta que cede.
Por tenerte—
aunque sea en sombra.
Por tocarte
en lo que no permanece.
Las horas pasan
sin decirlo.
Se sientan conmigo.
Esperan.
Mientras te veo llegar
desde lo que duele lejos.
Minuto a minuto—
un pensamiento
nace
y muere
en tu nombre.
Y vuelve.
Siempre vuelve.
Como un golpe de luz
que no ilumina,
solo insiste.
Te repites en mí.
Sin descanso.
Sin salida.
Y este amor—
no avanza.
Late.
Se queda.
Esperando
tu llegada
y tu huida.
Minuto a minuto.
Cada minuto—
soy tuyo.

domingo, 30 de octubre de 2011

Mis muertos

No son memoria.
No solamente.
Ustedes—
los que ya no están—
no se fueron.
Se quedaron
en lo que ahora soy.
Caminan conmigo.
En lo que piso.
En lo que pesa.
En lo que duele.
No habitan otra vida.
Habitan esta.
Aquí—
donde el cuerpo
todavía responde.
Mis muertos
no descansan.
Se mueven
en lo que recuerdo mal,
en lo que no alcanzo a decir,
en lo que insiste.
Son la tierra
que ahora piso.
Son la sangre
que ahora duele.
Y en ese peso—
me sostienen.
Aunque no quiera.
Aunque no sepa.
Siguen.
Esperando
no compañía—
sino lugar.
Un lugar
donde seguir ocurriendo.
En mí.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Insistencia

Aquí
Aquí yacen
esperanzas dormidas.
Como volcanes.
Vivos.
En lo que palpita
sin salida.
Aguardando—
no tu llegada,
sino el momento
en que algo cede.
Suben.
Bajan.
No obedecen.
Se hinchan.
Se rompen.
Y en ese vaivén—
algo en mí
se deshace.
Te busco
en lo que no se contiene.
En lo que se escapa
por los poros.
En lo que arde
sin forma.
Y se queda.
Se fija.
En los ojos.
Como resto.
Como prueba.
Y entonces—
ya no hay medida.
Ni centro.
Ni regreso.
Solo esto:
una insistencia
que no se agota.
Que no aprende.
Que no se detiene.
Y toma—
todo lo que queda.
De mí.
De lo que aún
intenta sostenerse.
Hasta dejar—
apenas—
esto.
Lo que resta
de mi conciencia.
Lo que queda
de razón.

lunes, 11 de julio de 2011

Cuando tu no estás

Las horas
pesan.
No pasan.
Se detienen
en el borde de un latido.
Y algo en mí
empieza a ceder.
Se abre.
Se desangra.
Se escurre lento
como si el cuerpo
no supiera
retenerse.
Gota a gota
hasta no ser más
que una mancha.
Una forma
sin pulso.
Cuando no estás.
El tiempo
no se detiene.
Solo yo.
El péndulo sigue.
Corta.
Marca.
Avanza
sobre lo que queda.
Cruel.
Exacto.
Y en cada golpe
me recuerda
que no vuelves.
Las mañanas
ya no traen nada.
Ni frío.
Ni vacío.
Ni siquiera
tu ausencia.
Solo esto:
un latido
incompleto.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...