jueves, 15 de agosto de 2002

Lo que la piel derrama

Y entonces—

tu espina dorsal
se dibuja
como una señal
que mi tacto interpreta,
una ruta nerviosa
que conduce
sin desvío.

La piel responde
antes del pensamiento.

Se activa.

Se abre
a una red de impulsos
que viajan
sin ser vistos.

Mis dientes
apenas rozan—

y sin embargo
desencadenan
una descarga mínima,
una sucesión de señales
que se propagan
bajo la superficie.

El corazón
modifica su ritmo.

Se acelera.

No por voluntad—

por estímulo.

El aire
se fragmenta.

Entra y sale
en intervalos cortos,
como si el cuerpo
reajustara su medida.

La piel transpira.

Regula.

Libera.

Una humedad leve
que facilita
el deslizamiento
de todo lo que ocurre.

Y más adentro—

donde no hay forma
ni lenguaje,

los tejidos responden:

dilatación,
contracción,
flujo.

Un mecanismo antiguo
que se activa
sin nombrarse.

Te percibo
en capas.

No como cuerpo—

como proceso.

Como una serie
de reacciones
que me atraviesan
y me transforman.

Y entiendo—

que el deseo
no es impulso.

Es sistema.

Una coordinación precisa
de lo invisible
haciéndose presencia.

miércoles, 12 de junio de 2002

Liturgia nocturna

Otra vez.
La noche abre.
Entrega.
Lo que guarda.
Sin nombre. Sin medida.
La ciudad duerme.
Pero esto ocurre.
Se derrama. Se ofrece. Se inclina.
No hay cuerpo.
Solo superficie que recibe.
Solo flujo que atraviesa.
Como agua. Como boca.
Como sed antigua.
Se aproxima. Se posa.
Se hunde.
Y en ese gesto—
algo queda atado.
Algo cede.
Algo ya no vuelve.
No hay promesa.
Solo repetición.
Rito sin testigos.
Rito sin memoria.
Donde lo que toca
termina por pertenecer.
Y lo que entrega
deja de ser.
Se vuelve cauce.
Se vuelve reflejo.
Se vuelve lo que sacia.
Y lo que consume.
Al mismo tiempo.
Hasta quedar quieto.
Lleno.
Sin falta.
Sin nombre.

domingo, 2 de junio de 2002

Decadencia

Déjame, amor, mi decadencia.
Lo que queda de mí
ya es tuyo.
Se me escapa,
no lo detengo.
Es como agua
que no vuelve.
Y en tu cuerpo
encuentra cauce.
Ahí dejo
lo que no supe sostener:
mis dudas,
mis temores,
lo que no fui.
Tu ausencia
lo vuelve todo más claro.
Nada queda intacto.
Ni siquiera yo.
Aun así,
conservo esto:
el deseo
que no se apaga,
la memoria
de tu boca,
lo que fuimos
cuando no importaba nada.
Déjame caer.
Pero que sea en ti.
Porque de esta ruina
—si algo queda—
será lo único
que valga la pena.
Para ti.
Para nosotros.
En el tiempo
que no espera.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...