sábado, 10 de octubre de 2020

Desde adentro

Algo en mí
empieza a descomponerse
cuando cae la noche.
No es el cuerpo.
Es otra cosa.
Una caída lenta,
sin fondo,
como si el pensamiento
no encontrara dónde detenerse.
Los grillos insisten.
El desierto responde
con un eco
que no es del todo real.
Hay algo más.
No lo veo,
pero está.
Se mueve en los bordes,
donde la luz ya no alcanza.
El rechinar de los dientes
no es sonido:
es señal.
El cuerpo, tibio,
todavía resiste.
Me incorporo.
Respiro.
Compruebo,
con una certeza incómoda,
que aún no soy un cadáver.
No uno frío,
al menos.
Las horas avanzan
sin orden,
como si alguien más
las estuviera contando.
Y entonces aparecen.
No figuras,
no sombras,
sino esa sensación
de estar siendo observado
desde adentro.
De ser medido,
pesado,
expuesto.
No dicen nada.
No hace falta.
Saben.
Y eso basta.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...