sábado, 25 de abril de 2026

Florecer en Michigan

Algo cede
sin romperse.

Se afloja
desde adentro,
como si supiera
cuándo.

Lo que estaba unido
se separa
con cuidado,
sin prisa,
sin ruido.

En la discreción
de lo cotidiano.

Con la delicadeza
que la tierra concede,
lo mínimo
empieza a embellecer
lo que toca.

Surgen formas
que no estaban,
o que no se veían.

Nada estalla.

Todo se abre
lo suficiente
para dejar pasar
la luz.

Y en ese gesto mínimo,
casi imperceptible,

el mundo
se vuelve más claro,
más habitable—

aunque sea
por un instante. 



lunes, 13 de abril de 2026

Remanso

La tarde
se deslizó.
Sin prisa.
Como algo
que no necesita llegar.
El agua—
quieta.
Demasiado.
Todo parecía
sostenerse
por un instante más.
Estábamos ahí.
Sin decirlo.
Sin necesidad.
Y aun así—
algo brotó.
No fue la voz.
Fue el gesto.
Una cercanía
que no supimos
detener.
Después—
el silencio.
Más hondo
que antes.
La luz
se retiró
sin oponerse.
Y la noche—
cayó
Sin ruido.

sábado, 11 de abril de 2026

Sed (1999) versión para Caníbal

Hazte necesaria.
Aunque duela.
Aunque tenga que romperme
para sostener lo que siento.
Déjame caer en eso.
Sin consuelo.
Sin promesas.
Quiero saber hasta dónde llega.
No me salves.
No me suavices.
Prefiero la sed
a una calma que no eres tú.
Pero quédate.
Aunque sea en lo mínimo.
En lo que apenas respira.
Porque sin eso
todo se vuelve inútil.
Y yo
no sé existir así.

sábado, 28 de marzo de 2026

Primavera

Ya florean las jacarandas.
Y algo en mí también.
No es paisaje.
Es presión.
Se abre.
Se impone.
La estación no llega—
irrumpe.
Trae tu forma
en la luz,
en el aire tibio,
en lo que roza
sin tocar.
Y el cuerpo
responde.
Sin permiso.
Se acelera.
Se tensa.
Se inclina hacia lo que falta.
No es espera.
Es impulso.
Es hambre.
Como savia subiendo sin medida.
Como algo que no sabe detenerse.
Y entonces, todo ocurre
demasiado cerca.
Tu mirada.
El calor.
El borde.
Y lo que en mí
cedía—
ahora empuja.
Rompe.
Desborda.
Primavera—
no floreces.
Invades.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Ontología de la palabra (Colección del Libro de la peste 2022)

 

No la poseo.

La pronuncio.

Y aun así—

no es mía.

La palabra no nace en la boca.

La boca la atraviesa.

Tampoco en la mano.

La mano apenas la fija

por un instante.

Antes de eso—

ya estaba.

No como sonido.

No como signo.

Sino como posibilidad.

Como forma latente

de lo que aún no es dicho.

La nombro

y algo se ordena.

Pero ese orden

no me pertenece.

Solo coincide conmigo

por un momento.

Luego se desplaza.

Se reconfigura.

Se rehace en otros.

La palabra no permanece.

Evoluciona.

Pero en esa mutación

conserva algo 

una huella

que no depende del cuerpo

que la emitió.

Por eso persiste.

Aunque la voz cese,

aunque la memoria falle,

aunque el tiempo erosione

todo lo demás.

La palabra continúa.

No como eco.

Como estructura.

Como aquello

que sostiene lo que es

al ser nombrado.

   El libro de la peste, nació como una acumulación de notas, hojas sueltas, pensamientos dispersos y poemas inconclusos que fui reuniendo durante las primeras semanas de la pandemia hasta casi finales del 2022. En ese encierro forzado descubrí algo inquietante: cada vez que volvía a leer lo que ya había escrito, el texto no permanecía igual. Algo en él se desplazaba. Cambiaba. Me obligaba a intervenirlo otra vez—tachar, borrar, arrancar, reescribir. No era el mismo texto. Y tampoco era ya el mismo yo. Fue ahí donde surgió este poema. Porque entendí que la palabra no es fija. No es un objeto terminado. Es un ente vivo, orgánico, que se rehace cada vez que se pronuncia o se relee. Todo lo que he puesto en papel o a través de un teclado no queda inmóvil. Vuelve. Se transforma. Se reorganiza. Y en ese proceso, lo que alguna vez tuvo un origen, sufre una metamorfosis que termina por emerger como otra cosa: un nuevo organismo, que aún conserva, en alguna parte, la huella de lo que lo hizo nacer. 

Uriel Flores. Sonora, México 2022


jueves, 1 de enero de 2026

Michigan

Veo mis pies hundirse en la espesura,
desaparecen primero, no hay suelo
Solo una resistencia blanca
Que parece tragarse lentamente todo
Regresar no sirve se nada, 
Ni volver la vista a lo que fui.

Esta tierra fría me nombra diferente,
y en los ojos ajenos no distingo
si hay curiosidad, distancia o miedo
Entre silencios incómodos 
Las caras no parecen hostiles 
Pero tampoco humanas del todo 
Me miran como si ya supieran
que algo aquí se pierde 

El cielo aquí no se refleja,
se impone, se instala
una losa gris que aplasta el día
y borra toda memoria de azul.
A veces parece que se rompe,
que cae en fragmentos luminosos
Hasta cubrir la tierra
Se acumula, se reorganiza 
hasta confundir el arriba con el abajo,
el cielo con el suelo,
el horizonte con el olvido
Arriba, abajo da igual

El agua, que antes corría libre,
Yo la recuerdo, viva, rápida e imposible 
aquí se detiene.
Se vuelve rígida, inmóvil,
una superficie que engaña.
Que te mira fijamente 
Lo que fue transparente e inasible
hoy quema,
hiere las manos que intentan abrazarla.

El aire aquí tiene dientes
No cede y te agrede
Es un ente con voluntad propia
Frío, violento, imparable 
Y  entonces comprendes 
que no es el invierno lo que duele,
Es que el mundo cambió de reglas
Y yo solo llegué tarde 
para no mirar atrás

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...