jueves, 20 de junio de 2013

Taza de café

Llueve en la ciudad.
Y pienso en ti.
La tierra mojada
deja en el aire
un rastro
que se parece a tu boca.
Cierro los ojos.
Y ahí estás.
El sabor leve,
la humedad contenida,
como si aún quedara
algo tuyo
en mis labios.
Llueve.
Y mientras llueve
te nombro sin decirlo,
te acerco sin tocarte.
El café humea
entre mis manos,
y en cada sorbo
vuelves,
tibia,
persistente.
Como si la distancia
no alcanzara.
Como si el cuerpo
recordara solo.
Y entonces
todo se reduce a esto:
la lluvia,
el vapor,
mi respiración…
y tu ausencia
ocupándolo todo
Como en esta taza de café 

Soledad

No llega.
Se instala.
Como si ya viviera aquí.
No hace ruido.
Pero mueve cosas.
Tu recuerdo, por ejemplo.
Lo deja abierto
como una herida
que no termina.
A veces
parece irse.
Se lleva su sombra
por un momento.
Y uno cree—
que ya pasó.
Pero vuelve.
Siempre vuelve.
No con violencia.
Con costumbre.
Y entonces
te pienso.
Sin querer.
Vienes
y te vas.
Como si nunca hubieras sido mía.
Y yo
me quedo
con lo que falta.

martes, 15 de enero de 2013

Antes que fuera tarde

Tal vez no sepas
cuándo empezó esto.
Quise salvarlo.
El nuestro.
Pero ya es tarde.
O casi.
Hay una herida
que no se detiene.
Ese dolor—
de no querernos igual.
Cómo decirte:
mírame así.
Sin cuidado.
Sin defensa.
Esto soy ahora.
Y no alcanza.
Se te fue de las manos.
A mí—
de la sangre.
Y no vuelve.
Cómo decirte
que te quiero menos.
Y aun así
quisiera
quererte como antes.
Pero no.
Ya no.
Y lo que queda
no se nombra.
Un día será tarde.
Tarde.
Y lejos.

miércoles, 9 de enero de 2013

Legado

Al cabo del tiempo
no hubo elección.
Aquí vienes.
Arrancado de lo informe,
arrojado
a una luz que no pediste.
Respiras
porque no hay otra cosa que hacer.
Esta tierra
no te espera.
Te impone.
Te nombra
sin preguntarte.
Aquí vienes
de un silencio
que no volverás a conocer.
Y avanzas,
aunque no sepas
hacia qué.
Las aristas de esta vida
caerán en tus manos
y en las mías.
Cortarán.
Sin aviso.
Sin sentido.
Y en cada herida
aprenderás lo mismo:
que nada sostiene,
que todo cede.
Los lazos se tensan
hasta romperse.
No por fuerza,
por desgaste.
Y entonces entenderás
demasiado tarde
que no viniste
a salvarte.
Viniste
a repetir.
Y aun así,
cuando te sueltes
—o te suelten—
tu libertad será mi redención y mi legado.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...