jueves, 15 de agosto de 2002

Lo que la piel derrama

Y entonces—

tu espina dorsal
se dibuja
como una señal
que mi tacto interpreta,
una ruta nerviosa
que conduce
sin desvío.

La piel responde
antes del pensamiento.

Se activa.

Se abre
a una red de impulsos
que viajan
sin ser vistos.

Mis dientes
apenas rozan—

y sin embargo
desencadenan
una descarga mínima,
una sucesión de señales
que se propagan
bajo la superficie.

El corazón
modifica su ritmo.

Se acelera.

No por voluntad—

por estímulo.

El aire
se fragmenta.

Entra y sale
en intervalos cortos,
como si el cuerpo
reajustara su medida.

La piel transpira.

Regula.

Libera.

Una humedad leve
que facilita
el deslizamiento
de todo lo que ocurre.

Y más adentro—

donde no hay forma
ni lenguaje,

los tejidos responden:

dilatación,
contracción,
flujo.

Un mecanismo antiguo
que se activa
sin nombrarse.

Te percibo
en capas.

No como cuerpo—

como proceso.

Como una serie
de reacciones
que me atraviesan
y me transforman.

Y entiendo—

que el deseo
no es impulso.

Es sistema.

Una coordinación precisa
de lo invisible
haciéndose presencia.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...