lunes, 22 de noviembre de 2010

Yelapa

En Yelapa, aquel verano,
aquel beso persiste
como una humedad antigua
que no abandona la piel.
Detrás de la espesura,
el sobresalto de las aves
abriendo el aire,
y nosotros,
apenas contenidos
por la orilla.
La arena ardía,
no sé si por el sol
o por la forma en que el mundo
se cerraba alrededor de tu cuerpo.
Tu aliento se mezclaba con la brisa,
sal,
calor,
algo imposible de separar.
Tus manos en la espuma,
el mar repitiéndose en los manglares,
como si todo supiera
lo que estaba ocurriendo.
Había en ti una quietud
—no inocente—
sino profunda,
como esas aguas
que no revelan su fondo.
Y fui entrando,
no en tu cuerpo,
sino en esa otra forma del tiempo
donde perderse
no es extravío,
sino destino.
La selva suspendía sus sombras,
tu vientre,
una claridad sin nombre,
y en ese instante
todo lo que fui
dejó de pertenecerme.
Te vi el alma
No en los ojos,
sino en el reflejo del agua
que nos contenía a ambos
Miré al cielo,
a las aves girando sin urgencia,
y comprendí
que no había retorno.
Porque al entregarme
no me vacié:
me desdibujé.
Y una vez ahí,
en ese remanso sin orillas,
me fue imposible
volver a encontrarme.
En Yelapa,
aquel verano.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Dulce amanecer

 A estas horas
las más silenciosas

el tiempo
no avanza.

Se pudre.

El viento
no roza—

raspa.

La noche
se queda

No hay minuto
que no te arrastre
a este pensamiento.

Los recuerdos
restos que quedan
se adhieren.

Se consumen
en este insomnio
que se abre
bajo las sábanas.

No duermes aquí.

Pero algo
ocupa tu lugar.

Y mientras respiras
en otra parte—

algo aquí
te vela.

No por ti.

Por lo que quedó.

¿Estoy ahí—
o solo
en lo que se descompone?

Dulce amanecer
no llega.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...