Otra vez
te metes en mí
sin pedir permiso.
No llegas,
te infiltras.
Te adhieres
como si siempre hubieras estado ahí,
esperando.
Y te hablo —
porque entre tú y yo
no existen filtros—
nos conocemos demasiado.
Lo que digo de ti
regresa,
rebota en mi propia cabeza,
y tú,
como siempre,
no escuchas.
Nunca escuchas.
O finges no hacerlo.
Eres hábil,
persistente,
cómoda en tu lugar:
intocable,
ligera,
inalcanzable.
Yo, en cambio,
cargo con ambos.
Anoche
volviste.
No hiciste ruido.
Tu presencia se deslizó
entre el insomnio
y el cansancio.
Te reconocí
sin verte.
Ese frío tuyo
no engaña.
Te metiste bajo las sábanas
como si fueran tuyas.
Hice que dormía.
Pero sabes —
lo sabías—
que estaba despierto.
Siempre lo estoy
cuando vienes.
Te acercaste
lo suficiente
para que no hubiera duda.
Y dijiste mi nombre
como si fuera inevitable.
No respondí.
Esta vez no.
Pero no porque pudiera evitarte.
Sino porque ya conozco
ese juego.
Eres la grieta
entre lo que quiero
y lo que cedo.
Y aún así,
nos parecemos demasiado.
Nos gustan las mismas caídas.
Los mismos excesos.
La misma forma
de no detenernos.
Tal vez por eso
sigues aquí.
O tal vez
porque aún no he aprendido
a vivir sin ti.
Pero algo cambió.
No en ti.
En mí.
Ya no te necesito
para sostenerme.
Ni para explicarme.
Ni para resistir.
Fuiste compañía,
sí.
Incluso refugio
cuando no había nada más.
Pero hoy pesas.
Más que antes.
Y eso basta.
No te expulso.
Aún no.
Pero te nombro distinto.
Y eso es un inicio.
Porque sé
que aunque te alejes,
seguirás rondando,
como aire que no se ve
pero se respira.
Y aun así,
aun sabiendo eso,
no te odio.
No podría.
Porque incluso ahora,
jodida como eres,
aún me haces sonreír.
No hay comentarios:
Publicar un comentario