No eras fácil.
Eso era lo primero.
No por orgullo,
sino porque ya sabías
lo que cuesta quedarse.
Había en ti
una forma de dureza
que no era pose.
Era defensa.
Y aun así,
cuando bajabas la guardia,
aparecía otra cosa:
una calma breve,
una forma de ternura
que no querías mostrar.
Eras madre
antes que todo.
Y eso te partía
y te sostenía
al mismo tiempo.
No pedías nada.
Pero dabas
más de lo que decías.
Había fuego en ti,
sí,
pero no para iluminar,
sino para no apagarte.
Y también agua,
pero contenida,
como si llorar
fuera un lujo.
Por eso dolías.
Porque no eras de nadie.
Ni siquiera tuya del todo.
Algunos te admiraban.
Otros no sabían qué hacer contigo.
Yo tampoco.
Pero me quedé.
No por entenderte,
sino por lo que eras
cuando no intentabas ser fuerte.
Ahí,
en ese instante breve,
eras real.
No hay comentarios:
Publicar un comentario