viernes, 17 de febrero de 2012

Al caer la noche

El día no ofrece más
que su rendición.
Un ocaso maduro
que se extiende
en horas que huyen
como aves migratorias.
Con el ímpetu de la noche
Que paciente espera en el cenit
el cielo comienza a ceder.
La luz se repliega
sin resistencia,
y en su retirada
deja apenas
un rastro.
Entonces,
la noche cae
sin prisa,
cubriéndolo todo
con su silencio.
No impone,
invita.
Y en su penumbra,
los que esperan
se acercan.
Caminan juntos,
sin decirse nada,
guardando el instante
como si fuera suficiente.
El amor
no se nombra:
se murmura.
Se roza.
Se contiene.
Y en ese gesto mínimo,
cuando el mundo se apaga,
se dicen todo
sin pronunciar palabra
al fin pueden tocarse el alma con los labios 

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