lunes, 19 de marzo de 2012

Todo cuanto dejo

Todo cuanto dejo
es mi promesa.
Las heridas en los pies
—de mi tierra—
serán las que abran surco
en tu huerto.
Cargo una maleta
que no alcanza:
la esperanza
y las palabras
que la sostienen.
Solo una vida
que apenas cabe
en este cuerpo.
Y a mis espaldas
todo se queda.
No por olvido,
sino por ti.
Por lo que tu reflejo
dejó en mi mirada.
Dejo mis raíces.
Dejo mis amaneceres.
Solo llevo
los sueños
donde ya habitas.
Y con eso
me basta.

sábado, 10 de marzo de 2012

La forma de tu ausencia

Este tiempo
lo nombro
con tu nombre.
No por costumbre,
sino porque
todo lo que pasa
termina llevándome a ti.
Los días avanzan
sin peso.
Se arrastran.
Y sin tu luz,
se vuelven sombras
que golpean
sin razón.
Hay momentos
—breves—
en los que vuelves.
No completa,
pero suficiente.
Un gesto,
una cercanía,
y de pronto apareces:
clara, tibia y esplendorosa.
Como si el tiempo
se detuviera
solo para sostenerte.
Entonces
todo se ordena.
El tiempo deja de ser ajeno.
Se vuelve nuestro.
Pero no dura.
Nunca dura.
Y cuando te vas,
queda esto:
la certeza
de que perderte
duele más
que cualquier final.
Porque no temo morir.
Temo
que dejes de existir
en mí.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Te vas...

Irme
es dejar algo mío
colgado
en tu cuarto.
No el cuerpo.
Eso se va.
Se va como puede,
sin peso,
como si ya no importara.
Pero lo otro no.
Se queda.
Como ropa olvidada
en un perchero oscuro
que nadie reclama.
Contigo
nunca fue limpio.
Había algo más
que no se decía.
No era amor.
Pero tampoco era nada.
Tu voz
no prometía,
pero se quedaba.
Y tu forma de mirar…
como si ya supieras
que todos terminan yéndose.
Yo también.
Pero no del todo.
Porque algo tuyo
se queda pegado.
En la piel.
En el aire.
En esa mezcla
de perfume y cansancio
que no se olvida fácil.
Y entonces pasa esto:
el tiempo sigue,
pero lento,
como si arrastrara algo.
Como si yo mismo
no terminara de salir de ahí.
Y el corazón…
ese no entiende.
Se queda contigo.
Esperando algo
que nunca ofreciste.
Y aun así,
vuelvo a pensarte.
Como si no supiera
que contigo
siempre se pierde.

ERES

No eras fácil.
Eso era lo primero.
No por orgullo,
sino porque ya sabías
lo que cuesta quedarse.
Había en ti
una forma de dureza
que no era pose.
Era defensa.
Y aun así,
cuando bajabas la guardia,
aparecía otra cosa:
una calma breve,
una forma de ternura
que no querías mostrar.
Eras madre
antes que todo.
Y eso te partía
y te sostenía
al mismo tiempo.
No pedías nada.
Pero dabas
más de lo que decías.
Había fuego en ti,
sí,
pero no para iluminar,
sino para no apagarte.
Y también agua,
pero contenida,
como si llorar
fuera un lujo.
Por eso dolías.
Porque no eras de nadie.
Ni siquiera tuya del todo.
Algunos te admiraban.
Otros no sabían qué hacer contigo.
Yo tampoco.
Pero me quedé.
No por entenderte,
sino por lo que eras
cuando no intentabas ser fuerte.
Ahí,
en ese instante breve,
eras real.

Vinieras


Vinieras
no por ternura,
sino por esa urgencia
que no se explica.
Con el calor justo
para hacer del cuerpo
un territorio breve.
Y luego,
irte.
Como el humo,
sin peso,
sin despedida.
Tu espalda,
no ofrecida,
sino retirada.
La prisa despojándote,
más que la ausencia.
Quisiera verte así:
en el instante exacto
en que decides no quedarte.
Ahí,
donde el deseo
no se cumple,
se sostiene.
Que amanezca
y aún estés,
no para nombrarte,
sino para perderte
una vez más.
Vinieras
solo para irte.
Y yo,
quedarme
en ese gesto
que no vuelve.

Musa impura

Y en mi locura
hay lucidez
y amargura.

De ahí nace la obra:
un trazo torcido,
una herida que insiste.

Es ella—
la prostituta triste—
quien piensa por mí,
quien sostiene la metáfora.

Me seduce
con palabras sucias,
dichas apenas,
como si temieran existir.

Y revientan
en un llanto
que libera
y traiciona.

Sus ojos—
cansados,
extrañamente gentiles—
observan
los hábitos de mi soledad.

Hoy ya no bastan.
Hoy me arrastran.

Y en esa ansiedad
que se alimenta de mi cordura,
mi desequilibrio
permanece:
callado,
escondido.

viernes, 17 de febrero de 2012

Después de la luz

El día no ofrece más
que su rendición.
Un ocaso maduro
que se extiende
en horas que huyen
como aves migratorias.
Con el ímpetu de la noche
Que paciente espera en el cenit
el cielo comienza a ceder.
La luz se repliega
sin resistencia,
y en su retirada
deja apenas
un rastro.
Entonces,
la noche cae
sin prisa,
cubriéndolo todo
con su silencio.
No impone,
invita.
Y en su penumbra,
los que esperan
se acercan.
Caminan juntos,
sin decirse nada,
guardando el instante
como si fuera suficiente.
El amor
no se nombra:
se murmura.
Se roza.
Se contiene.
Y en ese gesto mínimo,
cuando el mundo se apaga,
se dicen todo
sin pronunciar palabra
al fin pueden tocarse el alma con los labios 

sábado, 11 de febrero de 2012

Iracunda

Tus palabras
no llegan:
rondan.
Se repiten
como algo que no se resuelve,
como si hablar
fuera otra forma
de herirte.
Durante años
fuiste firme.
No por fuerza,
sino por costumbre.
Nada te tocaba.
O eso parecía.
El amor
pasó por ti
sin quedarse.
Apenas un soplo,
apenas un rastro
de hojas secas
arrastradas sin rumbo.
Ahora queda esto:
calles abiertas
como heridas,
mirando hacia un cielo
que ya no responde.
Tanta forma,
tanto fondo,
y al final
la misma grieta.
La ira
terminó por alcanzarte.
No de golpe,
sino lento,
desde adentro.
Y lo que fuiste
comienza a ceder.
Pero el fuego
no solo destruye.
También limpia.
Arrasa lo muerto,
lo deja expuesto
Y en ese vacío
—si resistes—
algo puede volver
a comenzar

viernes, 10 de febrero de 2012

Habitante

Otra vez
te metes en mí
sin pedir permiso.
No llegas,
te infiltras.
Te adhieres
como si siempre hubieras estado ahí,
esperando.
Y te hablo —
porque entre tú y yo
no existen filtros—
nos conocemos demasiado.
Lo que digo de ti
regresa,
rebota en mi propia cabeza,
y tú,
como siempre,
no escuchas.
Nunca escuchas.
O finges no hacerlo.
Eres hábil,
persistente,
cómoda en tu lugar:
intocable,
ligera,
inalcanzable.
Yo, en cambio,
cargo con ambos.
Anoche
volviste.
No hiciste ruido.
Tu presencia se deslizó
entre el insomnio
y el cansancio.
Te reconocí
sin verte.
Ese frío tuyo
no engaña.
Te metiste bajo las sábanas
como si fueran tuyas.
Hice que dormía.
Pero sabes —
lo sabías—
que estaba despierto.
Siempre lo estoy
cuando vienes.
Te acercaste
lo suficiente
para que no hubiera duda.
Y dijiste mi nombre
como si fuera inevitable.
No respondí.
Esta vez no.
Pero no porque pudiera evitarte.
Sino porque ya conozco
ese juego.
Eres la grieta
entre lo que quiero
y lo que cedo.
Y aún así,
nos parecemos demasiado.
Nos gustan las mismas caídas.
Los mismos excesos.
La misma forma
de no detenernos.
Tal vez por eso
sigues aquí.
O tal vez
porque aún no he aprendido
a vivir sin ti.
Pero algo cambió.
No en ti.
En mí.
Ya no te necesito
para sostenerme.
Ni para explicarme.
Ni para resistir.
Fuiste compañía,
sí.
Incluso refugio
cuando no había nada más.
Pero hoy pesas.
Más que antes.
Y eso basta.
No te expulso.
Aún no.
Pero te nombro distinto.
Y eso es un inicio.
Porque sé
que aunque te alejes,
seguirás rondando,
como aire que no se ve
pero se respira.
Y aun así,
aun sabiendo eso,
no te odio.
No podría.
Porque incluso ahora,
jodida como eres,
aún me haces sonreír.

jueves, 9 de febrero de 2012

Carretera

Carretera

Inmensa,
te extiendes
en verdes, ocres, sepias,
como si el paisaje
respirara en tu piel.
Te cubres de caminos vivos,
de polvo y viento,
de curvas que se abren
sin prisa.
Eres tierra
y también cuerpo.
Tus lomas,
suaves,
se levantan
como promesa.
Tus cumbres
marcan el horizonte
al que avanzo
sin conocerlo del todo.
En tus orillas
los recuerdos aparecen,
viejos,
difusos,
como miradas
que no regresan.
Y al fondo,
los atardeceres
arden en rojo
hasta deshacerse.
Carretera,
hay algo en ti
que no se nombra,
pero guía.
Algo que atrae,
que envuelve,
que permanece.
Y mientras avanzo,
el aire cambia,
se vuelve fresco,
casi íntimo.
Como si el día
al tocarte
aprendiera
a quedarse.

En algún lugar de Sonora, Mex.

La tarde triste

Ven,
vayamos juntos
de la mano.
La tarde comienza a rendirse, 
se inclina sobre el campo
como quien no quiere irse.
Mira cómo la luz
se derrama entre la hierba,
cómo se queda un instante
en las hojas,
en el lomo tibio del viento
Hasta consumirse
Ven,
no digas nada.
Escuchemos
el rumor leve del día
que se despide
sin prisa.
El horizonte se enciende,
luego se apaga
como brasa tranquila
entre la bruma.
Caminemos.
El prado guarda
el paso de las horas,
y algo en nosotros
aprende a quedarse.
La tarde
no duele aquí.
Solo se recuesta
sobre la tierra
y descansa.
Y nosotros,
sin buscarlo,
nos volvemos parte
de su silencio
Cuando todo se apaga

domingo, 5 de febrero de 2012

Prejuicio


Júzgame perra vida
Con tus profetas hipócritas
Que ahora gritan mi nombre
Y el suyo
Con manos eruditas
Clávame el pecho dos veces
Cortándome con el filo agudo de tu moral mezquina
De rectitud y poses
que fingen todos ellos
En su vida de farsa y quimeras

Arroja mis despojos al suelo que lames
Y siembra sobre ellos la hiedra de los falsos
Gozos de tu incurable frustración
Cobardes son todos de cristalizar sus sueños
ante sus ojos necios
Sin pretender siquiera imaginarlos

Nosotros, nosotros los respiramos,
los acariciamos tiernamente
Nos los bebemos a sorbos
Para inmortalizarlos
Para consagrarnos
Con nuestra propia sangre
Que renueva de vida nuestras venas

Júzgame salvajemente
Con la saña de tu contemplación
Que como perros hambrientos
Rasgarán la carroña de lo que ansían
Tus agravios serán en vano
Y mi lástima será tu reflejo

Júzgame perra vida
Que yo ofrezco la mía
Por un minuto de su compañía.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...