jueves, 10 de febrero de 2011

Te vas

Te vas
Partir
es dejar el alma
colgada
en el perchero oscuro de tu ausencia.
Y el cuerpo
irse sin peso,
como tronco en río lento,
sin decidir nada.
A la deriva.
Se va tu voz.
Tu risa.
Tu forma de decir mi nombre.
Se queda
lo que no se ve:
el olor
clavado en la memoria,
la piel
que todavía arde.
No digo nada.
Callo
porque decirlo
lo rompería todo.
El tiempo se abre
como una herida larga.
Y yo
no avanzo.
Me quedo suspendido
esperando tu regreso
como si aún fuera posible.
Pero no lo es.
Y aun así—
el corazón
no aprende.
Se queda contigo.
Y contigo
se me va la vida.

domingo, 6 de febrero de 2011

Hambre

Resbalo
por tus labios.
Y algo en mí
cede.
Mi boca—
herrumbre.
La tuya
fuego.
Se consume el asombro.
Se derrite.
Y lo que queda
no piensa.
Es instinto.
Primitivo.
Me vuelvo otro.
Áspero.
Casi salvaje.
Te tomo
como si el cuerpo
supiera antes que yo.
Tu piel
no resiste.
Se abre.
Responde.
Y en ese roce—
te devoro.
No hay ternura aquí.
Hay hambre.
Animal nocturno.
Silencioso.
Preciso.
Me entrego
sin medida.
Y en el fondo—
no queda nada limpio.
Solo restos.
Mi osamenta
cansada de sostenerse.
Y aun así
vuelvo.
Como lobo.
Hambriento.
A lo mismo.
A tu boca.
A tu cuerpo.
A esa forma
de perderme
que no sé dejar.







Basta con cerrar los ojos

Para hacerte presente—
basta cerrar los ojos.
No desapareces.
Te quedas.
El tiempo—
no te llevó.
Solo te cambió de lugar.
Te hundió
en lo que aún respira.
Y ahí—
creces.
Sin permiso.
Sin medida.
Lo que fue
no terminó.
Se repite.
Se rehace
con cada recuerdo
que insiste.
Ahora—
no hay distancia.
No hay cuerpo.
Solo una forma tuya
dentro de mí.
Que no se desprende.
Que no cede.
Que vuelve—
cada vez
más honda.
Y en ese fondo—
algo en mí
se rinde.
Se dobla.
No por ternura.
Por desgaste.
Por no poder
dejar de volver.
Y aun así—
si tuviera que caer
otra vez—
lo haría.
Sin pregunta.
Sin defensa.
A ese lugar
donde ya no soy
del todo.

lunes, 24 de enero de 2011

Tregua

La pauta que marcas hoy
en esta tregua
no es alivio.
Es una dádiva amarga.
Algo que se concede
cuando ya no se sostiene.
Promesa cumplida
pero a medias.
Sirve apenas
para cruzar
este tramo
donde aún decimos
“nosotros”.
Brindo
con lo que me queda.
No es esperanza.
Es costumbre.
Y aun así
te pido—
no tardes en volver.
Porque este camino
sin ti
no se vacía.
Se vuelve árido.
Se queda.
Y pesa.
El cielo sigue ahí.
Pero no alumbra.
Es negro.
Sin el rastro
de tus ojos.
Sin eso
Que todo 
lo iluminaba. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Ansias

Es tu voz—
baja, casi mínima—
la que toca esto
que no se detiene.
No lo calma.
Lo sostiene.
Arde.
Como algo que no se apaga
aunque se alimente.
Llega en fragmentos.
En lo que dices
sin decirlo todo.
Y basta.
Para que vuelva
la misma inquietud.
No es paz.
Es calor.
Es esa forma
de seguir ardiendo
sin romperse.
Y cuando no estás—
no se enfría.
Se queda.
Se acumula.
Como si esperara
que regreses
a encenderlo mejor.
Siempre ahí.
Siempre atado.
A algo que no veo
pero responde.
Tu nombre—
más adentro
de lo que alcanza la voz.
Y lo repite.
Sin descanso.
Mientras imagina
tu peso
cerca.
Tu respiración.
Ese momento
antes del día.
Cuando todo parece
detenerse—
y no lo hace.
Porque esto sigue.
Esperando.
A que vuelvas.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Auroras muertas

Nada cambia.
Las sombras siguen.
El corazón también,
pero mal.
Se abre.
Se repite.
Se vacía.
No sangra.
Gotea.
Como si la vida
se estuviera yendo
sin prisa.
Tu ausencia no duele.
Desgasta.
El tiempo no pasa.
Muerde.
Y cada mañana
llega igual:
vacía,
sin cuerpo,
sin ti.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Donde dejamos de ser dos

La penumbra
nos deja ver mejor.
Tu piel despierta
antes que la luz.
No dice nada,
pero llama.
Se abre
despacio,
como si supiera
que no hay regreso.
Mi boca aprende
el borde de la tuya.
Tus manos
no dudan.
Todo ocurre
en silencio,
pero arde.
No hay prisa.
Solo ese instante
en que dejamos de ser dos
y algo más
respira entre nosotros.
Nuestra intimidad
no se explica.
Se reconoce.
Y estalla.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Yelapa

En Yelapa, aquel verano,
aquel beso persiste
como una humedad antigua
que no abandona la piel.
Detrás de la espesura,
el sobresalto de las aves
abriendo el aire,
y nosotros,
apenas contenidos
por la orilla.
La arena ardía,
no sé si por el sol
o por la forma en que el mundo
se cerraba alrededor de tu cuerpo.
Tu aliento se mezclaba con la brisa,
sal,
calor,
algo imposible de separar.
Tus manos en la espuma,
el mar repitiéndose en los manglares,
como si todo supiera
lo que estaba ocurriendo.
Había en ti una quietud
—no inocente—
sino profunda,
como esas aguas
que no revelan su fondo.
Y fui entrando,
no en tu cuerpo,
sino en esa otra forma del tiempo
donde perderse
no es extravío,
sino destino.
La selva suspendía sus sombras,
tu vientre,
una claridad sin nombre,
y en ese instante
todo lo que fui
dejó de pertenecerme.
Te vi el alma
No en los ojos,
sino en el reflejo del agua
que nos contenía a ambos
Miré al cielo,
a las aves girando sin urgencia,
y comprendí
que no había retorno.
Porque al entregarme
no me vacié:
me desdibujé.
Y una vez ahí,
en ese remanso sin orillas,
me fue imposible
volver a encontrarme.
En Yelapa,
aquel verano.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Dulce amanecer

 A estas horas
las más silenciosas

el tiempo
no avanza.

Se pudre.

El viento
no roza—

raspa.

La noche
se queda

No hay minuto
que no te arrastre
a este pensamiento.

Los recuerdos
restos que quedan
se adhieren.

Se consumen
en este insomnio
que se abre
bajo las sábanas.

No duermes aquí.

Pero algo
ocupa tu lugar.

Y mientras respiras
en otra parte—

algo aquí
te vela.

No por ti.

Por lo que quedó.

¿Estoy ahí—
o solo
en lo que se descompone?

Dulce amanecer
no llega.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La ceiba

Sonrío a la ceiba que se alza,
no como árbol,
sino como columna del instante.
Sus raíces descienden
donde la memoria no alcanza,
y su copa se abre
hacia lo que aún no tiene nombre.
En su tronco, las espinas:
no defensa,
sino señal.
Umbral de quien se acerca
sin entender
que no todo lo sagrado es blando.
El viento no la toca:
la revela.
Y en ese murmullo
algo antiguo respira,
como si el mundo
se sostuviera en su quietud.
Bajo su sombra,
el tiempo se repliega,
se vuelve mínimo,
contenido en un solo latido.
No hay refugio.
Hay centro.
No hay cobijo.
Hay permanencia.
Y en su corteza abierta,
como piel que recuerda,
se inscribe lo invisible:
el paso,
la espera,
lo que nunca se nombra.
Ahí, donde todo converge,
aprendí sin palabras
que hay lugares
que no pertenecen al mundo—
sino que lo sostienen.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Peregrinos

 ¿Qué te impulsa
a caminar?
¿Fe—
o castigo?
Buscar a Dios es tu destino.
Pero sigues
mirando lejos.
Observa, 
Esta aquí.
En lo que pisas.
En la tierra
que sostiene tu paso.
En la flor
que se abre
sin pedir permiso.
En el agua—
quieta.
En el árbol muerto
que aún guarda forma.
En el fruto
que puedes tomar
y llevarte a la boca.
No levantes tanto la mirada.
El cielo distrae.
Él no está arriba.
Se descompone
y renace
en lo que tienes
más cerca.
En tus células.
En ese pulso
que no decides.
En lo que vibra
sin nombre.
Está en la selva
que no se contiene.
En el desierto
que resiste.
En la lluvia—
que da
y que arranca.
En todo lo que
insiste en ser.
Peregrino—
si lo ves,
no lo cargues.
No hace falta.
Basta con no perderlo
de vista.
Su obra es tan clara
Yo no camino contigo.
Pero me detengo.
Y en esa pausa—
también pregunto.
También escucho.
Y a veces—
lo encuentro así:
sin buscar.
En lo simple.
En lo servido.
En el vaso de agua
a caminar?
¿Fe—
o castigo?
Buscar a Dios es tu destino.
Pero sigues
mirando lejos.
Observa, 
Esta aquí.
En lo que pisas.
En la tierra
que sostiene tu paso.
En la flor
que se abre
sin pedir permiso.
En el agua—
quieta.
En el árbol muerto
que aún guarda forma.
En el fruto
que puedes tomar
y llevarte a la boca.
No levantes tanto la mirada.
El cielo distrae.
Él no está arriba.
Se descompone
y renace
en lo que tienes
más cerca.
En tus células.
En ese pulso
que no decides.
En lo que vibra
sin nombre.
Está en la selva
que no se contiene.
En el desierto
que resiste.
En la lluvia—
que da
y que arranca.
En todo lo que
insiste en ser.
Peregrino—
si lo ves,
no lo cargues.
No hace falta.
Basta con no perderlo
de vista.
Su obra es tan clara
Yo no camino contigo.
Pero me detengo.
Y en esa pausa—
también pregunto.
También escucho.
Y a veces—
lo encuentro así:
sin buscar.
En lo simple.
En lo servido.
En el vaso de agua
Que te he ofrecido.

viernes, 23 de mayo de 2008

Alegoría a un amor

1
No eres luz.
Eres eso
que aparece
cuando todo se apaga.
No me guías.
Pero te sigo.
Como si supiera
que perderme en ti
también es destino.

2
A lo lejos
ya estás en el aire.
No es perfume.
Es algo más bajo,
más cercano al cuerpo.
Te reconozco
antes de tocarte.
Y entonces
mi soledad
se rompe.

3
Tu voz
no truena.
Se mete despacio.
Pero cuando llega
todo lo demás
deja de importar.
No porque desaparezca—
sino porque
ya no pesa.

4
Cuando no estás
no me muero.
Pero algo
deja de sostenerse.
El silencio
no es vacío.
Es tu forma
de quedarte.

5
A veces estás
y no estás.
Te miro
y no sé
si te tengo
o te estoy perdiendo.
Un beso
no resuelve nada.
Pero el cuerpo
sí entiende
lo que la cabeza
no alcanza.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...