lunes, 20 de diciembre de 2010

Ansias

Es tu voz—
baja, casi mínima—
la que toca esto
que no se detiene.
No lo calma.
Lo sostiene.
Arde.
Como algo que no se apaga
aunque se alimente.
Llega en fragmentos.
En lo que dices
sin decirlo todo.
Y basta.
Para que vuelva
la misma inquietud.
No es paz.
Es calor.
Es esa forma
de seguir ardiendo
sin romperse.
Y cuando no estás—
no se enfría.
Se queda.
Se acumula.
Como si esperara
que regreses
a encenderlo mejor.
Siempre ahí.
Siempre atado.
A algo que no veo
pero responde.
Tu nombre—
más adentro
de lo que alcanza la voz.
Y lo repite.
Sin descanso.
Mientras imagina
tu peso
cerca.
Tu respiración.
Ese momento
antes del día.
Cuando todo parece
detenerse—
y no lo hace.
Porque esto sigue.
Esperando.
A que vuelvas.

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