sábado, 21 de abril de 2012

La espera florece

Florece, amor mío.
Tu presencia
irrumpe
en el jardín vacío
de mi espera.
Tu aroma
—rocío de la mañana—
despierta
lo que aún late.
Y en ese instante
todo se abre:
la luz,
el día,
mi respiración.
Traes contigo
el mosto tibio
de un beso
que aún no sucede.
Y al mirarte,
algo se enciende
en medio de lo oscuro,
como si el tiempo
por fin
cediera.

No es decir que te extrañe



No es decir que te extrañe
si te llevo prendida en el pecho,
como un crucifijo
que se clava
y se oculta bajo la ropa.
No es decir que te extrañe
cuando la noche cae en mi cuarto
y enfría esta cama en blanco
donde haces falta,
y tu caricia
y tu enfado
aún conjugan milagros.
No es decir que te extrañe
si tu mirada —luz de luna—
se guarda lejos
y el cielo
no vuelve a sonreír en mí.
No es decir que te extrañe
si tu voz
—apenas aire—
regresa en mis sueños
y en este pensamiento
del que soy prisionero.
No es decir que te extrañe.
Pero el tiempo
se queda suspendido
cada vez que respiro
sin ti.
Y en ese instante
mi vida
se vacía
en un suspiro
incompleto
y callado.

viernes, 20 de abril de 2012

Desajuste

Miro el espacio circundante,
intento perfilarlo todo
con tu mirada.
Registro en la conciencia
—con torpe precisión—
que las formas de la vida,
sin ti,
son apenas un suspiro
que se deshace.
Escucho alrededor
el eco de tu voz,
como si aún pudieras
nombrarlo todo.
Intento sostener el mundo
con lo que queda de ti.
Pero no alcanza.
Todo se vuelve blando,
inútil,
casi falso.
En ese vacío,
las horas pesan,
caen
y se acumulan.
El mundo respira, sí.
Pero mal.
Como si le faltara algo.
Como si le faltaras tú.

viernes, 6 de abril de 2012

Sin ti

Sábanas frías,
tu calor ya no habita.
Cruje la noche.
Olor en la piel,
quedó donde tocabas.
Arde sin fuego.
Vaho en el vidrio,
mi aliento no se mezcla.
Falta el tuyo.
Lengua de silencio,
tu nombre sabe a nada.
Se seca el aire.
Ropa en la silla,
aún guarda tu tibieza.
La toco y no estás.
Agua en mis manos,
no retiene tu forma.
Se escurre todo.
Pulso en la sien,
late donde no llegas.
Duele el espacio.
Luz de la mañana,
entra pero no calienta.
Tu lado es sombra.

lunes, 19 de marzo de 2012

Todo cuanto dejo

Todo cuanto dejo
es mi promesa.
Las heridas en los pies
—de mi tierra—
serán las que abran surco
en tu huerto.
Cargo una maleta
que no alcanza:
la esperanza
y las palabras
que la sostienen.
Solo una vida
que apenas cabe
en este cuerpo.
Y a mis espaldas
todo se queda.
No por olvido,
sino por ti.
Por lo que tu reflejo
dejó en mi mirada.
Dejo mis raíces.
Dejo mis amaneceres.
Solo llevo
los sueños
donde ya habitas.
Y con eso
me basta.

sábado, 10 de marzo de 2012

La forma de tu ausencia

Este tiempo
lo nombro
con tu nombre.
No por costumbre,
sino porque
todo lo que pasa
termina llevándome a ti.
Los días avanzan
sin peso.
Se arrastran.
Y sin tu luz,
se vuelven sombras
que golpean
sin razón.
Hay momentos
—breves—
en los que vuelves.
No completa,
pero suficiente.
Un gesto,
una cercanía,
y de pronto apareces:
clara, tibia y esplendorosa.
Como si el tiempo
se detuviera
solo para sostenerte.
Entonces
todo se ordena.
El tiempo deja de ser ajeno.
Se vuelve nuestro.
Pero no dura.
Nunca dura.
Y cuando te vas,
queda esto:
la certeza
de que perderte
duele más
que cualquier final.
Porque no temo morir.
Temo
que dejes de existir
en mí.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Te vas...

Irme
es dejar algo mío
colgado
en tu cuarto.
No el cuerpo.
Eso se va.
Se va como puede,
sin peso,
como si ya no importara.
Pero lo otro no.
Se queda.
Como ropa olvidada
en un perchero oscuro
que nadie reclama.
Contigo
nunca fue limpio.
Había algo más
que no se decía.
No era amor.
Pero tampoco era nada.
Tu voz
no prometía,
pero se quedaba.
Y tu forma de mirar…
como si ya supieras
que todos terminan yéndose.
Yo también.
Pero no del todo.
Porque algo tuyo
se queda pegado.
En la piel.
En el aire.
En esa mezcla
de perfume y cansancio
que no se olvida fácil.
Y entonces pasa esto:
el tiempo sigue,
pero lento,
como si arrastrara algo.
Como si yo mismo
no terminara de salir de ahí.
Y el corazón…
ese no entiende.
Se queda contigo.
Esperando algo
que nunca ofreciste.
Y aun así,
vuelvo a pensarte.
Como si no supiera
que contigo
siempre se pierde.

ERES

No eras fácil.
Eso era lo primero.
No por orgullo,
sino porque ya sabías
lo que cuesta quedarse.
Había en ti
una forma de dureza
que no era pose.
Era defensa.
Y aun así,
cuando bajabas la guardia,
aparecía otra cosa:
una calma breve,
una forma de ternura
que no querías mostrar.
Eras madre
antes que todo.
Y eso te partía
y te sostenía
al mismo tiempo.
No pedías nada.
Pero dabas
más de lo que decías.
Había fuego en ti,
sí,
pero no para iluminar,
sino para no apagarte.
Y también agua,
pero contenida,
como si llorar
fuera un lujo.
Por eso dolías.
Porque no eras de nadie.
Ni siquiera tuya del todo.
Algunos te admiraban.
Otros no sabían qué hacer contigo.
Yo tampoco.
Pero me quedé.
No por entenderte,
sino por lo que eras
cuando no intentabas ser fuerte.
Ahí,
en ese instante breve,
eras real.

Vinieras


Vinieras
no por ternura,
sino por esa urgencia
que no se explica.
Con el calor justo
para hacer del cuerpo
un territorio breve.
Y luego,
irte.
Como el humo,
sin peso,
sin despedida.
Tu espalda,
no ofrecida,
sino retirada.
La prisa despojándote,
más que la ausencia.
Quisiera verte así:
en el instante exacto
en que decides no quedarte.
Ahí,
donde el deseo
no se cumple,
se sostiene.
Que amanezca
y aún estés,
no para nombrarte,
sino para perderte
una vez más.
Vinieras
solo para irte.
Y yo,
quedarme
en ese gesto
que no vuelve.

Musa impura

Y en mi locura
hay lucidez
y amargura.

De ahí nace la obra:
un trazo torcido,
una herida que insiste.

Es ella—
la prostituta triste—
quien piensa por mí,
quien sostiene la metáfora.

Me seduce
con palabras sucias,
dichas apenas,
como si temieran existir.

Y revientan
en un llanto
que libera
y traiciona.

Sus ojos—
cansados,
extrañamente gentiles—
observan
los hábitos de mi soledad.

Hoy ya no bastan.
Hoy me arrastran.

Y en esa ansiedad
que se alimenta de mi cordura,
mi desequilibrio
permanece:
callado,
escondido.

viernes, 17 de febrero de 2012

Después de la luz

El día no ofrece más
que su rendición.
Un ocaso maduro
que se extiende
en horas que huyen
como aves migratorias.
Con el ímpetu de la noche
Que paciente espera en el cenit
el cielo comienza a ceder.
La luz se repliega
sin resistencia,
y en su retirada
deja apenas
un rastro.
Entonces,
la noche cae
sin prisa,
cubriéndolo todo
con su silencio.
No impone,
invita.
Y en su penumbra,
los que esperan
se acercan.
Caminan juntos,
sin decirse nada,
guardando el instante
como si fuera suficiente.
El amor
no se nombra:
se murmura.
Se roza.
Se contiene.
Y en ese gesto mínimo,
cuando el mundo se apaga,
se dicen todo
sin pronunciar palabra
al fin pueden tocarse el alma con los labios 

sábado, 11 de febrero de 2012

Iracunda

Tus palabras
no llegan:
rondan.
Se repiten
como algo que no se resuelve,
como si hablar
fuera otra forma
de herirte.
Durante años
fuiste firme.
No por fuerza,
sino por costumbre.
Nada te tocaba.
O eso parecía.
El amor
pasó por ti
sin quedarse.
Apenas un soplo,
apenas un rastro
de hojas secas
arrastradas sin rumbo.
Ahora queda esto:
calles abiertas
como heridas,
mirando hacia un cielo
que ya no responde.
Tanta forma,
tanto fondo,
y al final
la misma grieta.
La ira
terminó por alcanzarte.
No de golpe,
sino lento,
desde adentro.
Y lo que fuiste
comienza a ceder.
Pero el fuego
no solo destruye.
También limpia.
Arrasa lo muerto,
lo deja expuesto
Y en ese vacío
—si resistes—
algo puede volver
a comenzar

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...