jueves, 13 de abril de 2006

Disolución

Aférrate
Ayer
eras milagro.
Hoy
te disuelves.
No sueltes mi mano.
No me dejes
caer en eso
que empieza
cuando ya no estás.
Aférrate.
Aunque sea
a nada.
Sostén
lo poco
que queda de mí.
Porque si te vas—
no se rompe algo.
Se apaga.
Y no vuelve.
Ya no hay estaciones.
Ni ciclos.
Ni espera.
Solo esto:
zozobra.
Algo que se escurre
sin forma.
Como si el alma
no supiera
quedarse.
Y cae.
Lenta.
Sin ruido.
Hasta que no queda
ni rastro
de lo que fuimos.

martes, 29 de noviembre de 2005

Aquella habitación sin nombre

Pasaron los años.
Nadie llegó.
Y ahí sigue,
tendida en su alcoba,
abierta
no de cuerpo,
sino de espera.

Siempre dispuesta
a quien le diera nombre,
no por afecto,
sino por permanencia.

Los tacones,
gastados,
como si hubieran recorrido
más vidas que calles.

Su cama —
territorio—
donde otros dejaron
lo que no supieron sostener.

Piel intacta en apariencia,
pero marcada
por manos que no recuerdan
lo que tocan.

Y sin embargo,
qué memoria la de las mías.
Aún late aquella promesa
que no supe nombrar.

No eres de nadie.
Eso dicen.
Pero eres de todos
los que llegan a perderse.

Patria breve
de los desvalidos,
refugio de los que buscan
no vivir, sino olvidarse.

En el páramo
de lo que no fue,
apareces
como una revelación cansada.

No seduces:
permaneces.
No llamas:
esperas.

Y en tus ojos
—ya sin urgencia—
el día termina siempre
un poco antes.

Dime,

¿quién cumplió
la promesa
que te hice—
cuando aún no sabía
lo que entregaba?

¿dónde guardas
aquella moneda?

La que te entregué
sin saberlo,
cuando aún creía
que el deseo sería suficiente.


lunes, 19 de septiembre de 2005

Ciudad de Mx


He aquí la ciudad,
abierta,
pero no como una flor.
Como una herida.
Sus raíces
no son metáfora:
son barro,
y ahí nací.
Manos cansadas
la sostienen,
no por fe,
por costumbre.
Y el acero
no la salva—
la encierra.
He aquí la ciudad sin sueño.
No descansa.
No perdona.
Se reinventa
pisándose a sí misma.
Calles nuevas
sobre grietas viejas.
Y debajo
siempre el mismo dolor.
He aquí la ciudad fértil.
Pero no de esperanza.
De gente
que insiste.
Que nombra lo que pierde
para no desaparecer.
Ciudad vieja.
Tus paredes
sí recuerdan.
Más que nosotros.
En tus esquinas
dejé nombres,
amores,
y versiones de mí
que ya no existen.
Ciudad de batallas—
no las que se cuentan.
Las que se sobreviven.
La alegría
no desapareció.
Se la llevaron
poco a poco.
Y nadie
dijo nada.


sábado, 28 de junio de 2003

Desnuda palabra

Desnuda palabra.
No viene del silencio.
Viene
de lo que arde dentro.
De lo que empuja
hasta salir.
Nace
en la mano.
Se abre
en la página.
No es limpia.
Se mancha.
Se mezcla
con lo que somos.
Y ahí—
dice.
Lo que no cabía.
Lo que no sabía.
Y después—
se va.
No pertenece.
Deja apenas
el rastro.

jueves, 15 de agosto de 2002

Lo que la piel derrama

Y entonces—

tu espina dorsal
se dibuja
como una señal
que mi tacto interpreta,
una ruta nerviosa
que conduce
sin desvío.

La piel responde
antes del pensamiento.

Se activa.

Se abre
a una red de impulsos
que viajan
sin ser vistos.

Mis dientes
apenas rozan—

y sin embargo
desencadenan
una descarga mínima,
una sucesión de señales
que se propagan
bajo la superficie.

El corazón
modifica su ritmo.

Se acelera.

No por voluntad—

por estímulo.

El aire
se fragmenta.

Entra y sale
en intervalos cortos,
como si el cuerpo
reajustara su medida.

La piel transpira.

Regula.

Libera.

Una humedad leve
que facilita
el deslizamiento
de todo lo que ocurre.

Y más adentro—

donde no hay forma
ni lenguaje,

los tejidos responden:

dilatación,
contracción,
flujo.

Un mecanismo antiguo
que se activa
sin nombrarse.

Te percibo
en capas.

No como cuerpo—

como proceso.

Como una serie
de reacciones
que me atraviesan
y me transforman.

Y entiendo—

que el deseo
no es impulso.

Es sistema.

Una coordinación precisa
de lo invisible
haciéndose presencia.

miércoles, 12 de junio de 2002

Liturgia nocturna

Otra vez.
La noche abre.
Entrega.
Lo que guarda.
Sin nombre. Sin medida.
La ciudad duerme.
Pero esto ocurre.
Se derrama. Se ofrece. Se inclina.
No hay cuerpo.
Solo superficie que recibe.
Solo flujo que atraviesa.
Como agua. Como boca.
Como sed antigua.
Se aproxima. Se posa.
Se hunde.
Y en ese gesto—
algo queda atado.
Algo cede.
Algo ya no vuelve.
No hay promesa.
Solo repetición.
Rito sin testigos.
Rito sin memoria.
Donde lo que toca
termina por pertenecer.
Y lo que entrega
deja de ser.
Se vuelve cauce.
Se vuelve reflejo.
Se vuelve lo que sacia.
Y lo que consume.
Al mismo tiempo.
Hasta quedar quieto.
Lleno.
Sin falta.
Sin nombre.

domingo, 2 de junio de 2002

Decadencia

Déjame, amor, mi decadencia.
Lo que queda de mí
ya es tuyo.
Se me escapa,
no lo detengo.
Es como agua
que no vuelve.
Y en tu cuerpo
encuentra cauce.
Ahí dejo
lo que no supe sostener:
mis dudas,
mis temores,
lo que no fui.
Tu ausencia
lo vuelve todo más claro.
Nada queda intacto.
Ni siquiera yo.
Aun así,
conservo esto:
el deseo
que no se apaga,
la memoria
de tu boca,
lo que fuimos
cuando no importaba nada.
Déjame caer.
Pero que sea en ti.
Porque de esta ruina
—si algo queda—
será lo único
que valga la pena.
Para ti.
Para nosotros.
En el tiempo
que no espera.

miércoles, 28 de noviembre de 2001

Acude

Acude, amor.
No preguntes.
Acude.
Lo que pesa
no se suelta.
Se arrastra.
Y aun así—
acude.
Promesas rotas.
Vuelven.
Siempre.
Acude, amor.
No hay descanso.
Solo noches, cuerpos, fuego.
Y después nada.
Pero vuelves.
Vuelves.
Acude.
No salva, No queda. No dura.
Llama.
Y basta.

sábado, 15 de septiembre de 2001

Vieja ciudad de hierro

Reacia.
De acero.
De piedra que todavía suena.
Guardas ecos
aunque nadie escuche.
Caras rotas por la prisa
llenan los baldíos
donde antes hubo algo
que importaba.
Amores viejos
ya sin nombre.
Aquí
la soledad no es ausencia.
Es exceso.
Camina sola
por calles que no cambian
aunque todo se derrumbe.
Se sostiene
entre edificios
que aún creen ser eternos.
Y en la noche
las luces
recorren tus venas
como si aún estuvieras viva.
Vieja ciudad.
Ya no hay campo.
Solo concreto
y algo de polvo
que insiste.
Donde hubo valle
queda escombro.
Y aun así
llegan.
Siempre llegan.
Buscando
lo que no existe.
Tú lo sabes.
Y aun así
los recibes.
Les das algo.
Les quitas todo.
Vieja ciudad de hierro.


martes, 10 de octubre de 2000

Faro

Anhelo
lo que ayer fue tu encanto.
De tu boca, el canto
que a la mía alcanza
y la endulza.
Tu voz,
tu acento,
y la certeza en mi alma
de que tu vida ilumina
mi travesía infinita.
Como faro inmerso
en la mar en calma,
como luz en naufragio
entre tormentas inciertas.
Y al final,
apareces.
Majestuosa.
Recibes mi barca
—casi destrozada—
con tu bondad indómita.
Me acoge tu pecho.
El calor que emana
conforta
y renueva
los días en vela
de mi vida en altamar.

martes, 22 de agosto de 2000

Epilogo, epitafio

Aquí yace mi tesoro.
Una parte de mi vida
que arranqué de mis entrañas.
Más que sangre, carne y hueso,
es refugio de mi alma.
No es secuela de recuerdos
ni de los años.
Tampoco huella del tiempo,
ni cicatriz
de los arrebatos
que el amor dejó.
Aquí yace mi tesoro:
un tanto absurdo,
irónico,
abstracto,
pero íntegro,
sincero.
Quizás incomprendido,
hasta ahora ignorado.
No es la quimera de una vida,
pero sostiene
el equilibrio de mi ser.
Y en fragmentos
dibuja una utopía
que aún me mira de frente.
Abnegada,
apacible,
mi imaginación,
doblegada,
ebria de desvelos
y desencuentros,
Pero que jamás
 fueron en vano.

miércoles, 16 de agosto de 2000

Domingo

Abre los ojos la luz
y despierta
de un sueño profundo.
Domingo llega,
silencioso,
bajo una brisa leve.
El cielo se inclina
sobre la mañana pálida,
fría.
Domingo avanza,
sin decir nada.
La tarde se abre
como un acorde lento
sobre plazas y prados.
Y en su curso,
se apagan los cantos,
las voces,
lo que alguna vez fue celebración.
Las horas se vuelven densas.
Pesan.
Como ritos sin fe,
como pasos
que no llevan a ningún sitio.
Y entonces,
en el último tramo,
algo cede.
El ocaso arrastra la luz
sin resistencia.
Y el día,
ya sin forma,
termina
en manos de la noche
Apagando la lumbrera. 

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...