Anhelo
lo que ayer fue tu encanto.
De tu boca, el canto
que a la mía alcanza
y la endulza.
Tu voz,
tu acento,
y la certeza en mi alma
de que tu vida ilumina
mi travesía infinita.
Como faro inmerso
en la mar en calma,
como luz en naufragio
entre tormentas inciertas.
Y al final,
apareces.
Majestuosa.
Recibes mi barca
—casi destrozada—
con tu bondad indómita.
Me acoge tu pecho.
El calor que emana
conforta
y renueva
los días en vela
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