Déjame, amor, mi decadencia.
Lo que queda de mí
ya es tuyo.
Se me escapa,
no lo detengo.
Es como agua
que no vuelve.
Y en tu cuerpo
encuentra cauce.
Ahí dejo
lo que no supe sostener:
mis dudas,
mis temores,
lo que no fui.
Tu ausencia
lo vuelve todo más claro.
Nada queda intacto.
Ni siquiera yo.
Aun así,
conservo esto:
el deseo
que no se apaga,
la memoria
de tu boca,
lo que fuimos
cuando no importaba nada.
Déjame caer.
Pero que sea en ti.
Porque de esta ruina
—si algo queda—
será lo único
que valga la pena.
Para ti.
Para nosotros.
En el tiempo
que no espera.
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