miércoles, 16 de agosto de 2000

Domingo

Abre los ojos la luz
y despierta
de un sueño profundo.
Domingo llega,
silencioso,
bajo una brisa leve.
El cielo se inclina
sobre la mañana pálida,
fría.
Domingo avanza,
sin decir nada.
La tarde se abre
como un acorde lento
sobre plazas y prados.
Y en su curso,
se apagan los cantos,
las voces,
lo que alguna vez fue celebración.
Las horas se vuelven densas.
Pesan.
Como ritos sin fe,
como pasos
que no llevan a ningún sitio.
Y entonces,
en el último tramo,
algo cede.
El ocaso arrastra la luz
sin resistencia.
Y el día,
ya sin forma,
termina
en manos de la noche
Apagando la lumbrera. 

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