He aquí la ciudad,
abierta,
pero no como una flor.
Como una herida.
Sus raíces
no son metáfora:
son barro,
y ahí nací.
Manos cansadas
la sostienen,
no por fe,
por costumbre.
Y el acero
no la salva—
la encierra.
He aquí la ciudad sin sueño.
No descansa.
No perdona.
Se reinventa
pisándose a sí misma.
Calles nuevas
sobre grietas viejas.
Y debajo
siempre el mismo dolor.
He aquí la ciudad fértil.
Pero no de esperanza.
De gente
que insiste.
Que nombra lo que pierde
para no desaparecer.
Ciudad vieja.
Tus paredes
sí recuerdan.
Más que nosotros.
En tus esquinas
dejé nombres,
amores,
y versiones de mí
que ya no existen.
Ciudad de batallas—
no las que se cuentan.
Las que se sobreviven.
La alegría
no desapareció.
Se la llevaron
poco a poco.
Y nadie
dijo nada.
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