viernes, 10 de diciembre de 2010

Donde dejamos de ser dos

La penumbra
nos deja ver mejor.
Tu piel despierta
antes que la luz.
No dice nada,
pero llama.
Se abre
despacio,
como si supiera
que no hay regreso.
Mi boca aprende
el borde de la tuya.
Tus manos
no dudan.
Todo ocurre
en silencio,
pero arde.
No hay prisa.
Solo ese instante
en que dejamos de ser dos
y algo más
respira entre nosotros.
Nuestra intimidad
no se explica.
Se reconoce.
Y estalla.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Yelapa

En Yelapa, aquel verano,
aquel beso persiste
como una humedad antigua
que no abandona la piel.
Detrás de la espesura,
el sobresalto de las aves
abriendo el aire,
y nosotros,
apenas contenidos
por la orilla.
La arena ardía,
no sé si por el sol
o por la forma en que el mundo
se cerraba alrededor de tu cuerpo.
Tu aliento se mezclaba con la brisa,
sal,
calor,
algo imposible de separar.
Tus manos en la espuma,
el mar repitiéndose en los manglares,
como si todo supiera
lo que estaba ocurriendo.
Había en ti una quietud
—no inocente—
sino profunda,
como esas aguas
que no revelan su fondo.
Y fui entrando,
no en tu cuerpo,
sino en esa otra forma del tiempo
donde perderse
no es extravío,
sino destino.
La selva suspendía sus sombras,
tu vientre,
una claridad sin nombre,
y en ese instante
todo lo que fui
dejó de pertenecerme.
Te vi el alma
No en los ojos,
sino en el reflejo del agua
que nos contenía a ambos
Miré al cielo,
a las aves girando sin urgencia,
y comprendí
que no había retorno.
Porque al entregarme
no me vacié:
me desdibujé.
Y una vez ahí,
en ese remanso sin orillas,
me fue imposible
volver a encontrarme.
En Yelapa,
aquel verano.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Dulce amanecer

 A estas horas
las más silenciosas

el tiempo
no avanza.

Se pudre.

El viento
no roza—

raspa.

La noche
se queda

No hay minuto
que no te arrastre
a este pensamiento.

Los recuerdos
restos que quedan
se adhieren.

Se consumen
en este insomnio
que se abre
bajo las sábanas.

No duermes aquí.

Pero algo
ocupa tu lugar.

Y mientras respiras
en otra parte—

algo aquí
te vela.

No por ti.

Por lo que quedó.

¿Estoy ahí—
o solo
en lo que se descompone?

Dulce amanecer
no llega.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La ceiba

Sonrío a la ceiba que se alza,
no como árbol,
sino como columna del instante.
Sus raíces descienden
donde la memoria no alcanza,
y su copa se abre
hacia lo que aún no tiene nombre.
En su tronco, las espinas:
no defensa,
sino señal.
Umbral de quien se acerca
sin entender
que no todo lo sagrado es blando.
El viento no la toca:
la revela.
Y en ese murmullo
algo antiguo respira,
como si el mundo
se sostuviera en su quietud.
Bajo su sombra,
el tiempo se repliega,
se vuelve mínimo,
contenido en un solo latido.
No hay refugio.
Hay centro.
No hay cobijo.
Hay permanencia.
Y en su corteza abierta,
como piel que recuerda,
se inscribe lo invisible:
el paso,
la espera,
lo que nunca se nombra.
Ahí, donde todo converge,
aprendí sin palabras
que hay lugares
que no pertenecen al mundo—
sino que lo sostienen.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Peregrinos

 ¿Qué te impulsa
a caminar?
¿Fe—
o castigo?
Buscar a Dios es tu destino.
Pero sigues
mirando lejos.
Observa, 
Esta aquí.
En lo que pisas.
En la tierra
que sostiene tu paso.
En la flor
que se abre
sin pedir permiso.
En el agua—
quieta.
En el árbol muerto
que aún guarda forma.
En el fruto
que puedes tomar
y llevarte a la boca.
No levantes tanto la mirada.
El cielo distrae.
Él no está arriba.
Se descompone
y renace
en lo que tienes
más cerca.
En tus células.
En ese pulso
que no decides.
En lo que vibra
sin nombre.
Está en la selva
que no se contiene.
En el desierto
que resiste.
En la lluvia—
que da
y que arranca.
En todo lo que
insiste en ser.
Peregrino—
si lo ves,
no lo cargues.
No hace falta.
Basta con no perderlo
de vista.
Su obra es tan clara
Yo no camino contigo.
Pero me detengo.
Y en esa pausa—
también pregunto.
También escucho.
Y a veces—
lo encuentro así:
sin buscar.
En lo simple.
En lo servido.
En el vaso de agua
a caminar?
¿Fe—
o castigo?
Buscar a Dios es tu destino.
Pero sigues
mirando lejos.
Observa, 
Esta aquí.
En lo que pisas.
En la tierra
que sostiene tu paso.
En la flor
que se abre
sin pedir permiso.
En el agua—
quieta.
En el árbol muerto
que aún guarda forma.
En el fruto
que puedes tomar
y llevarte a la boca.
No levantes tanto la mirada.
El cielo distrae.
Él no está arriba.
Se descompone
y renace
en lo que tienes
más cerca.
En tus células.
En ese pulso
que no decides.
En lo que vibra
sin nombre.
Está en la selva
que no se contiene.
En el desierto
que resiste.
En la lluvia—
que da
y que arranca.
En todo lo que
insiste en ser.
Peregrino—
si lo ves,
no lo cargues.
No hace falta.
Basta con no perderlo
de vista.
Su obra es tan clara
Yo no camino contigo.
Pero me detengo.
Y en esa pausa—
también pregunto.
También escucho.
Y a veces—
lo encuentro así:
sin buscar.
En lo simple.
En lo servido.
En el vaso de agua
Que te he ofrecido.

viernes, 23 de mayo de 2008

Alegoría a un amor

1
No eres luz.
Eres eso
que aparece
cuando todo se apaga.
No me guías.
Pero te sigo.
Como si supiera
que perderme en ti
también es destino.

2
A lo lejos
ya estás en el aire.
No es perfume.
Es algo más bajo,
más cercano al cuerpo.
Te reconozco
antes de tocarte.
Y entonces
mi soledad
se rompe.

3
Tu voz
no truena.
Se mete despacio.
Pero cuando llega
todo lo demás
deja de importar.
No porque desaparezca—
sino porque
ya no pesa.

4
Cuando no estás
no me muero.
Pero algo
deja de sostenerse.
El silencio
no es vacío.
Es tu forma
de quedarte.

5
A veces estás
y no estás.
Te miro
y no sé
si te tengo
o te estoy perdiendo.
Un beso
no resuelve nada.
Pero el cuerpo
sí entiende
lo que la cabeza
no alcanza.

sábado, 11 de agosto de 2007

A veces

A veces callas
y te borro.
Eso creo.
Porque te disuelves,
pero no desapareces.
Te quedas.
En los cristales.
Como resto.
Como algo que no limpia.
A veces no pesas.
Eres nada.
Pero vuelves—
y te vuelves exacta.
Incisiva.
Irreverente.
Entonces cortas.
Sin aviso.
Descargas el filo
de tu furia
como si supieras
dónde.
Te odio.
Y aun así
te dejo entrar.
Pesas.
Como lastre.
Y hundes todo
lo que intento sostener.
Mis despojos.
Lo poco que queda.
Y cuando golpeas—
no levantas la voz.
Usas la ironía.
Como fuete.
Y ahí
sin defensa—
mi agonía
corre.
Se desboca.
Y al final
no queda nada nuevo.
Solo esto:
sigues.
Aunque no estés.

jueves, 13 de abril de 2006

Disolución

Aférrate
Ayer
eras milagro.
Hoy
te disuelves.
No sueltes mi mano.
No me dejes
caer en eso
que empieza
cuando ya no estás.
Aférrate.
Aunque sea
a nada.
Sostén
lo poco
que queda de mí.
Porque si te vas—
no se rompe algo.
Se apaga.
Y no vuelve.
Ya no hay estaciones.
Ni ciclos.
Ni espera.
Solo esto:
zozobra.
Algo que se escurre
sin forma.
Como si el alma
no supiera
quedarse.
Y cae.
Lenta.
Sin ruido.
Hasta que no queda
ni rastro
de lo que fuimos.

martes, 29 de noviembre de 2005

Aquella habitación sin nombre

Pasaron los años.
Nadie llegó.
Y ahí sigue,
tendida en su alcoba,
abierta
no de cuerpo,
sino de espera.

Siempre dispuesta
a quien le diera nombre,
no por afecto,
sino por permanencia.

Los tacones,
gastados,
como si hubieran recorrido
más vidas que calles.

Su cama —
territorio—
donde otros dejaron
lo que no supieron sostener.

Piel intacta en apariencia,
pero marcada
por manos que no recuerdan
lo que tocan.

Y sin embargo,
qué memoria la de las mías.
Aún late aquella promesa
que no supe nombrar.

No eres de nadie.
Eso dicen.
Pero eres de todos
los que llegan a perderse.

Patria breve
de los desvalidos,
refugio de los que buscan
no vivir, sino olvidarse.

En el páramo
de lo que no fue,
apareces
como una revelación cansada.

No seduces:
permaneces.
No llamas:
esperas.

Y en tus ojos
—ya sin urgencia—
el día termina siempre
un poco antes.

Dime,

¿quién cumplió
la promesa
que te hice—
cuando aún no sabía
lo que entregaba?

¿dónde guardas
aquella moneda?

La que te entregué
sin saberlo,
cuando aún creía
que el deseo sería suficiente.


lunes, 19 de septiembre de 2005

Ciudad de Mx


He aquí la ciudad,
abierta,
pero no como una flor.
Como una herida.
Sus raíces
no son metáfora:
son barro,
y ahí nací.
Manos cansadas
la sostienen,
no por fe,
por costumbre.
Y el acero
no la salva—
la encierra.
He aquí la ciudad sin sueño.
No descansa.
No perdona.
Se reinventa
pisándose a sí misma.
Calles nuevas
sobre grietas viejas.
Y debajo
siempre el mismo dolor.
He aquí la ciudad fértil.
Pero no de esperanza.
De gente
que insiste.
Que nombra lo que pierde
para no desaparecer.
Ciudad vieja.
Tus paredes
sí recuerdan.
Más que nosotros.
En tus esquinas
dejé nombres,
amores,
y versiones de mí
que ya no existen.
Ciudad de batallas—
no las que se cuentan.
Las que se sobreviven.
La alegría
no desapareció.
Se la llevaron
poco a poco.
Y nadie
dijo nada.


sábado, 28 de junio de 2003

Desnuda palabra

Desnuda palabra.
No viene del silencio.
Viene
de lo que arde dentro.
De lo que empuja
hasta salir.
Nace
en la mano.
Se abre
en la página.
No es limpia.
Se mancha.
Se mezcla
con lo que somos.
Y ahí—
dice.
Lo que no cabía.
Lo que no sabía.
Y después—
se va.
No pertenece.
Deja apenas
el rastro.

jueves, 15 de agosto de 2002

Lo que la piel derrama

Y entonces—

tu espina dorsal
se dibuja
como una señal
que mi tacto interpreta,
una ruta nerviosa
que conduce
sin desvío.

La piel responde
antes del pensamiento.

Se activa.

Se abre
a una red de impulsos
que viajan
sin ser vistos.

Mis dientes
apenas rozan—

y sin embargo
desencadenan
una descarga mínima,
una sucesión de señales
que se propagan
bajo la superficie.

El corazón
modifica su ritmo.

Se acelera.

No por voluntad—

por estímulo.

El aire
se fragmenta.

Entra y sale
en intervalos cortos,
como si el cuerpo
reajustara su medida.

La piel transpira.

Regula.

Libera.

Una humedad leve
que facilita
el deslizamiento
de todo lo que ocurre.

Y más adentro—

donde no hay forma
ni lenguaje,

los tejidos responden:

dilatación,
contracción,
flujo.

Un mecanismo antiguo
que se activa
sin nombrarse.

Te percibo
en capas.

No como cuerpo—

como proceso.

Como una serie
de reacciones
que me atraviesan
y me transforman.

Y entiendo—

que el deseo
no es impulso.

Es sistema.

Una coordinación precisa
de lo invisible
haciéndose presencia.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...