domingo, 28 de mayo de 2000

Anochece

Atardecer que cae
en lenta agonía.
El ruido de los niños
—entre juego y cansancio—
titubea
en el umbral de crecer.
Los perros
alargan la tarde
con sus voces,
como si supieran
que algo termina.
La luz cede.
Sin resistencia.
La mañana
no recuerda esto.
La noche
ya pasó.
Y en medio,
este instante
que no se sostiene.
Cien estrellas
esperan su turno.
Pero solo una
permanece.
Las demás
titilan
y se apagan.
Una a una.
Sin ruido.
Como todo
lo que se va.

sábado, 22 de enero de 2000

Ciudad mounstro

La calle (1999)
Ciudad Mounstro 

El asombro de la calle
al verse desnuda
era tan grande
como el mío.
Pero no estaba muerta.
Solo agazapada.
La bestia
conteniendo el aliento.
La misma que de día
devora pasos,
escupe humo,
mastica nombres
sin recordarlos.
La ciudad,
depredador insaciable,
se había quedado quieta
por un instante.
Contenida,
Desgastada 
Y eso
era lo más extraño.
Los zaguanes cerrados,
como fauces sin hambre.
Las azoteas,
sin gritos ni ropa tendida.
Los balcones 
sin cuerpos asomados
al cansancio de la tarde.
Ya no lloraban sus piedras
el golpe de los pasos.
Nadie empujaba.
Nadie huía.
El aire,
por primera vez,
no raspaba la garganta.
Y en ese silencio
volví a una cocina pequeña,
al vapor espeso
de lo que mi abuela cocinaba,
a ese olor
que el barrio reconocía
antes de tocar la puerta.
Ahí sí había algo limpio.
Pero duraba poco.
Porque más allá
siempre estaba lo otro:
la voz rota de mi padre,
el vidrio,
los perros ladrando 
la noche entrando
sin pedir permiso.
Y afuera,
la calle aprendiendo
lo mismo.
Violencia.
Ruido.
Supervivencia.
Furia. 
Aun así,
había noches
en que la ciudad
—cansada—
se rendía.
Se dormía.
Y entonces,
por un momento breve,
dejaba de ser bestia.
Dejaba de cazar.
Y se veía hermosa
Manza y sumisa. 
No porque lo fuera,
sino porque
por fin
dejaba de devorar. 
Yo no la extraño.
Y ahí entendí algo:
yo también fui parte
de ese ruido,
de ese caos,
de esa respiración sucia
que no se detiene.
Ahí crecí.
Ahí aprendí
a no escuchar.
Pero la llevo.
Como se lleva
una herida vieja
que ya no sangra,
pero nunca cierra.

viernes, 20 de agosto de 1999

sed

Conviértete discreta en mi pecado
para merecer la gloria
y abolir, con deseo, tu ausencia.
Déjame arrepentirme luego,
sentir la verdad
que destiñe de sangre mis adentros
y me hace sucumbir en tus manos.
Conviértete en mi sueño,
perpetuo.
Despiértame solo si muero.
Y así sentir la aspereza
de todo este tramo.
Déjame ser miserable.
No llenes de esperanza mis anhelos,
para desearte
con sed constante.
Pero no olvides
ni siquiera mi suspiro.
Ni castigues con ausencia
mi recuerdo.
Mi alma espera que la presidas.
Déjame volar a tu cielo,
o morir
en este infierno.

Florecer en Michigan

Algo cede sin romperse. Se afloja desde adentro, como si supiera cuándo. Lo que estaba unido se separa con cuidado, sin prisa, sin ruido. En...