en lenta agonía.
El ruido de los niños
—entre juego y cansancio—
titubea
en el umbral de crecer.
Los perros
alargan la tarde
con sus voces,
como si supieran
que algo termina.
La luz cede.
Sin resistencia.
La mañana
no recuerda esto.
La noche
ya pasó.
Y en medio,
este instante
que no se sostiene.
Cien estrellas
esperan su turno.
Pero solo una
permanece.
Las demás
titilan
y se apagan.
Una a una.
Sin ruido.
Como todo
lo que se va.
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