sábado, 10 de septiembre de 2022

Tahéjöc


No es la niebla la que llega del mar,
sino un aliento seco,
una luz que arde en el aire
y se posa sobre la piel como un recuerdo antiguo.
He caminado lejos,
he visto montañas ajenas
y valles que no pronuncian mi nombre,
pero ninguna distancia logra borrar
el trazo ardiente de tus horizontes.
Tus playas,
oscuras al amanecer,
se abren como cicatrices de arena
bajo un cielo que nunca se rinde.
Y el desierto —
ese incendio detenido—
guarda en silencio
los pasos de quienes aprendimos a mirar
sin esperar sombra.
Atravieso en la memoria
tus tardes encendidas,
cuando el sol se deshace en brasas
y el mundo parece sostenerse
apenas
sobre un hilo de fuego.
Hubo noches,
lo recuerdo,
en que la voz humana
se alzaba contra la inmensidad,
y cantar era una forma de no perderse,
de nombrar la vida
antes de que el viento la reclamara.
En la isla,
hay días en que la luz pesa
y otros en que el llanto se evapora
antes de tocar la tierra,
pero siempre —siempre—
algo en mí regresa
a ese punto exacto
donde el calor no hiere,
sino reconoce.
Como brasas que no se extinguen,
como una herida que no duele,
sino recuerda,
así permaneces:
no como un lugar,
sino como aquello
de lo que nunca se parte del todo.

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