Hay un tanto de ti,
un tanto de mí
en este aire tibio
que se respira
y se guarda en los alvéolos,
donde tu aroma
—lento, persistente—
se desliza
como una caricia
que aprende la piel
de tu cuerpo sobre el mío,
y en ese roce
germina
lo que no se dice:
campos fértiles de gozo
apenas contenidos,
humedecidos
por la memoria líquida
de lo que la piel derrama
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