Un día
todo ardió.
No hubo aviso.
El fuego
ya estaba adentro.
No era furia,
era presión acumulada,
una grieta
que terminó por ceder.
Lo demás vino solo:
la caída,
el desorden,
lo que no pudo sostenerse.
Quedó un espacio abierto,
no vacío,
sino saturado
de restos.
Ahí,
entre lo que se vino abajo,
aparecen fragmentos
de algo más antiguo:
una forma de mí
que no sobrevivió.
La juventud
no pasó,
se consumió.
Es ahora
ceniza fría
de un bosque
que aún humea.
Y sin embargo,
debajo,
en lo más oscuro
de la tierra húmeda,
algo persiste.
No lo visible.
Lo que espera.
Lo que no necesita luz
para seguir.
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