no como árbol,
sino como columna del instante.
Sus raíces descienden
donde la memoria no alcanza,
y su copa se abre
hacia lo que aún no tiene nombre.
En su tronco, las espinas:
no defensa,
sino señal.
Umbral de quien se acerca
sin entender
que no todo lo sagrado es blando.
El viento no la toca:
la revela.
Y en ese murmullo
algo antiguo respira,
como si el mundo
se sostuviera en su quietud.
Bajo su sombra,
el tiempo se repliega,
se vuelve mínimo,
contenido en un solo latido.
No hay refugio.
Hay centro.
No hay cobijo.
Hay permanencia.
Y en su corteza abierta,
como piel que recuerda,
se inscribe lo invisible:
el paso,
la espera,
lo que nunca se nombra.
Ahí, donde todo converge,
aprendí sin palabras
que hay lugares
que no pertenecen al mundo—