jueves, 10 de septiembre de 2020

La peste

La tragedia que hoy nos alcanza
no llegó con estruendo,
vino en la boca,
en el aire,
en lo que no se ve
y sin embargo habita.
Nos cerraron las puertas
—o las cerramos—
y aprendimos a temer
el aliento del otro.
La muerte,
paciente,
recorre las casas
sin tocar.
Se lleva primero
a quienes ya estaban cansados,
y deja atrás
a los que aún no comprenden.
En algunas habitaciones
la risa persiste,
no como burla,
sino como ignorancia
de lo irreversible.
La ciudad se vacía.
Las calles,
por primera vez,
no nos necesitan.
Algo respira mejor
sin nosotros.
Las aves bajan,
las flores ocupan el espacio,
las bestias —reales o imaginadas—
recuperan el territorio
que creímos nuestro.
Y mientras tanto,
seguimos esperando
alguna forma de redención:
una fecha,
un rito,
una promesa repetida
cada año.
Pero no hay voz
que ordene el caos.
Ni señal
que nos devuelva medida.
Solo este silencio,
extendido,
como si el mundo
hubiera decidido
detenerse
sin pedirnos permiso.
Lo demás
—lo que fuimos—
quedará
para después.

Michigan

Veo mis pies hundirse en la espesura, desaparecen primero, no hay suelo Solo una resistencia blanca Que parece tragarse lentamente todo Regr...