Ciudad Mounstro
El asombro de la calle
al verse desnuda
era tan grande
como el mío.
Pero no estaba muerta.
Solo agazapada.
La bestia
conteniendo el aliento.
La misma que de día
devora pasos,
escupe humo,
mastica nombres
sin recordarlos.
La ciudad,
depredador insaciable,
se había quedado quieta
por un instante.
Contenida,
Desgastada
Y eso
era lo más extraño.
Los zaguanes cerrados,
como fauces sin hambre.
Las azoteas,
sin gritos ni ropa tendida.
Los balcones
sin cuerpos asomados
al cansancio de la tarde.
Ya no lloraban sus piedras
el golpe de los pasos.
Nadie empujaba.
Nadie huía.
El aire,
por primera vez,
no raspaba la garganta.
Y en ese silencio
volví a una cocina pequeña,
al vapor espeso
de lo que mi abuela cocinaba,
a ese olor
que el barrio reconocía
antes de tocar la puerta.
Ahí sí había algo limpio.
Pero duraba poco.
Porque más allá
siempre estaba lo otro:
la voz rota de mi padre,
el vidrio,
los perros ladrando
la noche entrando
sin pedir permiso.
Y afuera,
la calle aprendiendo
lo mismo.
Violencia.
Ruido.
Supervivencia.
Furia.
Aun así,
había noches
en que la ciudad
—cansada—
se rendía.
Se dormía.
Y entonces,
por un momento breve,
dejaba de ser bestia.
Dejaba de cazar.
Y se veía hermosa
Manza y sumisa.
No porque lo fuera,
sino porque
por fin
dejaba de devorar.
Yo no la extraño.
Y ahí entendí algo:
yo también fui parte
de ese ruido,
de ese caos,
de esa respiración sucia
que no se detiene.
Ahí crecí.
Ahí aprendí
a no escuchar.
Pero la llevo.
Como se lleva
una herida vieja
que ya no sangra,
pero nunca cierra.